Notas sobre el hipster.

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Todos gozamos de las inevitables cualidades humanas del ridículo y la máscara. Todos hemos maquillado, alguna vez, nuestras carencias con plumas y brillos: la mentira, los sentimentos de inferioridad y el ocultamiento no son fenómenos exclusivamente contemporáneos (aunque se empeñen en enmarcarlos en la degeneración de los tiempos modernos; “en mi época”, dirán algunos analistas apocalípticos, “la integridad era la licencia de la juventud”, pero dejémoslos en sus rinconces polvorientos, ya que son adultos, y todos los adultos tienen el mismo reclamo); el hombre siempre ha soñado con ser el popular de la fiesta, y, temerariamente,  se lanza a elaborar su acto. Algunos se dan cuenta de su juego, sufren de la más cruda de las crudas morales y evolucionan hacia la sonrisa callada, hacia la aceptación de su inhabilidad para ser guapos, vivarachos y carismáticos. Algunos, con todo y sus rasgos metalúrgicos, sus bibliotecas reducidas y sus conocimientos que en un cien por ciento saben apócrifos, se quedan en el escenario.

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El principal motivo por el que he leído que se condena al hipster, es la falsedad: la manera tan sin ton ni son en la que recicla la cultura para volverla una bufanda o una posición glamorosa con la que pueda sostener un cigarro; la necesidad que tiene por comunicarles a sus oyentes (eso sí lo he experimentado, ante un hipster, no existen los interlocutores) lo inferiores que son ante su perfumada majestad; los pocos o nulos fundamentos que poseen para justificarse como tribu. Recuerdo un libro para ésta ocasión, titulado “Tres Tristes Tigres”, de Guillermo Cabrera Infante. Trata sobre la vida nocturna en Cuba en pleno ajetreo político. En las últimas páginas, el personaje principal, con una inmisericorde y lúcida honestidad, aclara que ni él ni sus amigos son artistas, que todos ellos piden martinis en los congales a los que asisten porque quieren mutar en otras personas: les resulta más cómodo fingir que son extranjeros, que están enfocados en un arte que jamás va a ser producido, para no tener que mirar lo fea y sucia que es su ciudad, La Habana, y para no tener que mirar lo feos y sucios que son. El personaje principal acepta ese juego, porque está aceptando algo más turbio y triste: que está acomplejado y que es un cobarde. Tales argumentos, los que escribió Cabrera Infante, me parecen los más adecuados para tomar la existencia del hipster con sentido del humor. En serio, me consternan  los niveles de indignación que se llegan a alcanzar ante esos individuos. Existen. No podemos cometer asesinatos de odio contra ellos. No somos psicópatas, y en realidad, no nos importan tanto. Recordemos que todos gozamos de las inevitables cualidades del ridículo y la máscara, y que algunos están viviendo esa etapa en la que es necesario cubrir los barros con plumas y brillos.

 

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Desafortunadamente, existe un lado en verdad virulento de la situación. Un lado que en, lo personal, me frustra. Si, es unánime: todos odian al hispter; todos, aparentemente, no se dejan sorprender por sus plumas y brillos. Editoriales, galerías, y demás mercantes culturales, se jactan de que no exhiben a cualquiera, salvo los que dan el ancho y cumplen con sus rígidos parámetros. Entonces, ¿cómo es posible que personas en verdad talentosas y que quieren trabajar en lo que les gusta sean continuamente rehazadas tan sólo por no portar un sombrero y unos lentes de pasta? Éso nos habla de algo que no es nada sorprendente. Los que manejan el medio no son tan románticos como dicen serlo, lo cual, es muy loable, todo empresario debe tener colmillos afilados para sobrevivir, y esa falta de honestidad, esa doble cara, en ellos, es un medio de subsistencia con el que adquieren prestigio y poder, luchan por conseguirse un lugar cueste lo que cueste. Pero también nos habla de algo que si es sorprendente. El espectador está aceptando que portar sombrero y lentes de pasta es lo de hoy. Por ende, menospreciará a los que tengan algo tangible que ofrecer. Espero y esté explicándome.
El espectador actual está babeando ante los rostros bonitos que comienzan a ocupar las calles. El espectador actual no tiene derecho a presumir un criterio, ya que han sido cegados por el resplandor de sus perfumadas majestades. Ésto, en un contexto que tiene que ver más con los tejes y manejes del “medio” que con las relaciónes personales.
El espectador actual ha asimilado la falsead que tanto denuncia, e, incauto, se ha despeñado en la oscuridad, sin oportunidad de que se ponga a investigar, de que se enserie, porque eso es de ñoños o “forevers”. Lo peor es que la llamada escena emergente que están presenciando, está constituida por fiestas (alguna vez escuché a un individuo decir que a él ya no le gustaba asistir a conciertos, que en las fiestas realmente “sucedía algo”).

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Extraño a la gente que te habla con tartamudeos y mordiscos en sus uñas sobre los libros que lee y las películas que ve. Extraño a la gente que tiene una afición por el cine mudo sin saber que significa “vintage”. Extraño a la gente obsesionada con sus obsesiónes, y que una vez al año asiste a fiestas. Extraño a la gente coleccionista, a la gente que no puede ser socialmente aceptada. Extraño a los que ponen cara de nerviosismo cuando les presentan a alguien. También extraño a la gente que practica una cierta arrogancia por derecho, a la gente que no deja que nadie le venga a cuentear. Extraño a la gente que cuando ve por primera vez cine al que no está acostumbrado(a), se emocione al borde de la orina para después destapar una cerveza  y continuar con su vida.

 

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5 comentarios

Archivado bajo Arte, Reseñas, WTF!!!

5 Respuestas a “Notas sobre el hipster.

  1. alilupiajula

    extraño a la gente….(ir) real..a los que (no) somos y somos…
    extraño poder expresar que quiero 1 motivo( o no?) de existencia….
    —————————————
    —————————————
    considero q hipsters, hippies, emos, punks,..etc..siempre..SIEMPRE sobrepasan ese muro de contracultura y los medios masivos lo hacen moda..parecer ser cool es lo que (nos) hace sentirnos parte de algo…ser aceptado…
    ———-
    me agradó el artículo

  2. locutores

    pffff … ¿ y luego ?

  3. Adolfo Lira

    Excelente análisis y crítica. Buen texto.

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